miércoles, 31 de julio de 2013

JUVENTUD COMUNISTA

Participo en los actos ocurridos durante la visita que hace a Venezuela un grupo de líderes de la Revolución Cubana, entre los que estaban el Presidente Oswaldo Dorticós y el Comandante Juan Almeida. Participan en numerosos actos públicos. Quedo muy impresionado. Eso ha debido ser a fines de 1959, año de transición para mí.
Para 1960 empieza una intensa agitación política que me lleva a acercarme a la Juventud Comunista. Ya había tenido contactos en la Facultad de Ingeniería, formando parte de la primera Directiva del Centro de Estudiantes. Allí había conocido a Juan Vicente Cabezas, quien había regresado a la Universidad lleno de prestigio por haber estado preso en la Seguridad Nacional.
Cuando empiezan los acontecimientos de noviembre del 60, especialmente la huelga de transporte, ya estoy incorporado a la Juventud Comunista como militante del Comité de Base de los años superiores. Tengo una militancia regular por un tiempo con Kléber Ramírez Rojas, quién es mi amigo. Había ingresado a la Universidad Central a estudiar Ingeniería el mismo año que yo. Participo activamente en las elecciones que lo llevan a la Presidencia del Centro de Estudiantes de Ingeniería.
Por mi parte soy candidato y resulto electo Representante Estudiantil en el Consejo de la Facultad, alternando con Celestino Peraza, militante del MIR. Pero pronto me doy cuenta de que la militancia regular no me entusiasma mucho.
Me mantengo estudiando. Logro combinar los estudios con la militancia política. Pero me intereso más por un nuevo fenómeno que ocurre abiertamente. En los pasillos de la Universidad se forman grupos raros. Se dice que se están organizando guerrillas. Me acerco a unos camaradas que hablan de realizar acciones armadas. Me dicen que es el Aparato Especial del Partido Comunista, grupo especializado en el choque armado. Me parece una versión más seria que lo que se ve por los pasillos. Me integro a una unidad con varios amigos de tiempo atrás, como Oscar Rodríguez, amigo desde el bachillerato en La Salle y primo de El Catire. Alonso Palacios, amigo desde la adolescencia en las calles de El Rosal. Livia Gouverneur. Estudiante de psicología. Bella. Compañera de clases de mi hermana Corina. Jesús Alberto León y Daniel Flores, estudiantes de biología. Nos reunimos en los pasillos y en algunos cafés en los alrededores de la Universidad.
Esta actividad simultánea es clandestina entre la organización regular de la Juventud Comunista. Pronto me dicen que esta dualidad es inconveniente. Decido quedarme en el Aparato y me desvinculo de la militancia universitaria, participando en la seguridad de algunos dirigentes y en las primeras acciones armadas en Caracas, mucho antes de que se formaran las FALN. Debo decir que todas las acciones armadas en las que participé fueron limpias. Sin atropellar a nadie. Especialmente a ningún inocente y particularmente a ningún policía. Nunca hubo secuestros ni atracos.
Pero esa militancia irregular es expresión de la decisión de luchar para tomar el poder. Eso es lo que realmente importa. Al poder no se llega por otro camino, por justas que sean las luchas democráticas y sociales. Hay que atentar contra lo establecido y eso es lo que me había atraído de la izquierda. En el Partido Comunista encontré condensada la imagen de la lucha histórica por la justicia social, pero los que habían triunfado habían tenido que transitar caminos no convencionales. Así fueron los casos de Lenin en la URSS, de Mao en China y de Fidel en Cuba.
Mi estado de ánimo es intenso en todo sentido. Me enamoro de una joven bella a quién descubro una noche de noviembre de 1960 en la Plaza del Rectorado cantando canciones de la Guerra Civil española. No sé su nombre, pero quedo muy impresionado por su sonrisa y sus grandes ojos negros. A los pocos días la veo pasar con una amiga por uno de los pasillos techados de la Ciudad Universitaria hacia el comedor. Estoy con Oscar Rodríguez quién las saluda pues son, como él, estudiantes de biología. Le pido que me las presente. Oscar me las presenta, se queda y yo me voy con ellas a almorzar. Se llaman Lila Torres y Graciela Luengo “Chela”. Nos seguimos encontrando. Al poco tiempo soy novio de Lila.
Me gradúo de Ingeniero Civil en agosto de 1961. Mi grado es todo un acontecimiento para la Juventud Comunista universitaria. Mi papá me había dicho que quería hacer una gran fiesta. Me asusta la idea porque la mayor parte de mi familia es de conservadora. En el país se vive un momento de mucha tensión y temo que pueda pasar algo. Papá insiste. Pongo como condición poder invitar a todos mis amigos. Papá me dice que invite a quien quiera. El grado es el 19 de agosto en el Aula Magna, que está de bote en bote. La medalla me la impone el Rector de la Universidad, doctor Francisco De Venanzi, personalidad democrática y científica, ampliamente respetada. Me siento muy orgulloso.
Se ha corrido la invitación a la fiesta por todas partes. La fiesta es en la casa de mis padres en Las Mercedes. Se forman grupos en mesas situadas en el patio trasero. Está toda mi familia. La casa está muy bien decorada. Hay música y mucho baile. A las diez de la noche comienzan a llegar muchos estudiantes. Están mis compañeros de Ingeniería. Los dirigentes de la Federación de Centros y los militantes de la Juventud Comunista. Arnaldo Esté, José Rafael Núñez Tenorio, Chela Vargas, Freddy Muñoz, Alfredo Maneiro, Kleber Ramírez, Freddy Carquez, José Rafael Zanoni, Miguelito Gómez, María Elena Lovera “la loba”, Bayardo Sardi, Alejandro Tejero, Antonio Acosta “Rasputin”, Isaac Capriles, Winston Briceño, Winston Bermúdez, Blanquita Bermúdez, Antonio Páiva Reinoso, Eduardo Pozo, Carlota Pérez, Democracia López,……… A media noche entran Teodoro Petkoff y Francisco Mieres. Hay mucha tensión. Teodoro es diputado y está buscado por el gobierno. Es la vedette de la fiesta. Habla duro y en su mesa se agolpa un grupo grande.
Comienzan los cantos. Bella Chao……. La Internacional……. “El cielo encapotado…..” Poco después, en pleno baile oigo gritos. Veo a Oscar Rodríguez en pelea a golpes con un primo mío a quién “… no le gustan las canciones comunistas…” Pelea colectiva generalizada. Mis hermanas lloran. Mis primos están indignados. Se acaba la fiesta.
Presento una solicitud para entrar al personal docente de la Facultad de Ingeniería de la UCV. Obtengo el cargo de Instructor a medio tiempo. Comienzo a dar clases de Análisis Matemático y Proyectos. Ello me ocupa parcialmente, me da unos ingresos decentes para la época, de 1.650 bolívares mensuales y puedo continuar en la militancia política. Recuerdo entre mis alumnos algunos que fueron poco después combatientes de la guerra y por ello muy importantes para mí. Héctor Rodríguez Armas “Car’e loco” muerto heroicamente y Alwilson Querales, preso en las guerrillas de Lara.
La nueva estabilidad económica que me permite mi condición de docente me decide a casarme con Lila.
Me siento muy bien. Soy profesor universitario. Tengo compañera. Ahora, como profesional, me invitan a participar en una Comisión de Finanzas de la Juventud Comunista que busca dinero para cubrir los sueldos de los funcionarios y reporta a la Dirección Nacional. No me intereso por pasar al Partido y menos a la fracción de Ingenieros. Me siento a gusto con quedarme en la Juventud. Sigo ligado al Aparato Especial.

lunes, 15 de julio de 2013

 CUMPLEAÑOS DEL NACIMIENTO DEL COMANDATE CARACHE... ARGIMIRO GABALDON...

Argimiro Gabaldón Márquez, nació en 1919 en la casa principal de la hacienda Santo Cristo, Biscucuy, Portuguesa y murió a la edad de 45 años en un lamentable accidente de guerra, el 13 de diciembre de 1964.

En esa gabaldonera, los peones de la hacienda le enseñaron sus primeras lecciones de vida, el arte de pelear garrote, las mañas de la casería, disciplinas que le fueron formando el sentido del coraje. Su apego a la naturaleza lo llevó a ser un excursionista incansable. Jamás perdió una pelea a puño pues en las refriegas nunca supo lo que era el miedo. Luego practicó el béisbol, el tenis, natación a la antigua, la pesca y la caza.

Estuvo en el exterior, Buenos aires y Río de Janeiro, entre 1938 y 1945. Estudió arquitectura en Argentina. En el tercer año de su carrera, detuvo su visión arquitectónica para adentrarse en el mundo de la pintura, la literatura y el arte. Con su morral al hombro se fue a Brasil, proyectándose luego como poeta, novelista, periodista, dibujante, matemático, maestro alfabetizador y profesor de Artes plásticas. Tenía un gusto muy particular por la historia patria, materia que con los años impartiría en el liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto. Entendió que había que conocer la historia de su país para poder actuar sobre ella, y se dedicó a formular preguntas y a encontrar respuestas.

Regresó  a Venezuela en 1945 a desandar los viejos caminos. Las actividades políticas lo llevaron a Caracas, incorporándose a las luchas y huelgas estudiantiles organizadas por la Federación de Estudiantes de Venezuela.

La tradición revolucionaria de su padre, el General José Rafael Gabaldón, encarnó en él. Las lecturas de otros personajes históricos referenciales también marcaron su rumbo: Bolívar, Martí, Sandino, Lenin. Argimiro se inició en las células clandestinas del PCV en El Tocuyo desde 1938, cuando para la época, ser comunista era ya ser un héroe.

A la hora de la lucha contra el perezjimenismo, fue el primero en plantear que no se trataba sólo de cambiar al dictador por otro gobernante, sino que había que ir a la raíz de ese acontecer para que los cambios fuesen trascendentes y no formales. Fue entonces cuando comenzó a discutir la tesis de la necesidad de la lucha armada, como respuesta a un gobierno represivo y criminal.
   Cuando llega el año 1958, comienza a ver con cierto recelo las políticas de unidad impulsadas por el Partido Comunista. Para el momento del III Congreso del PCV, fue quien planteó la necesidad de ir hacia otras formas de lucha. Es el inicio de la experiencia guerrillera en Humocaro. En octubre de 1961 se cuenta el comienzo de las guerrillas, que, según Tirso Pinto, llegó a tener 1500 combatientes. Al incorporarse a las guerrillas Chimiro tenía 22 años de militancia y 40 años de edad, tiempo perfecto para las grandes decisiones.
Desde fines del 61 hasta el 13 de diciembre de 1964, el Comandante Ulises, que fue su primer seudónimo, estuvo al frente de esa lucha como Primer Comandante del Frente guerrillero Simón Bolívar. En ese proceso le tocó vivir los vaivenes de unos dirigentes que se amoldaban a las circunstancias, antes que analizar histórica, táctica y estratégicamente la realidad sobre la que actuaban.  

Para Argimiro “la lucha armada es una salida de masas”. Precisaba que debía ser “un movimiento de masas armado que no excluyese ninguna forma de lucha”. No para regalarle mesianicamente “revoluciones” al pueblo, sino para que este asumiera su papel histórico, sin reformas que debilitaran la necesidad del cambio radical. En sus proclamas expresaba: “El pueblo está cansado de que las revoluciones sean cambios de personas, nuevas constituciones, nuevas divisiones territoriales, perviviendo siempre la misma injusticia, la misma miseria, el mismo abandono. Es hora ya de tocar fondo, hay que cambiar los hombres, pero fundamentalmente es necesario transformar los sistemas”. Su predica se afincaba contra los dirigentes del estilo antiguo, los profesionales de la política que terminan burocratizándose, convirtiendo su actividad en pura negociación.

Consideraba, como Mariátegui, que “las  revoluciones son cada una un hecho original, aun cuando estén sometidas a leyes generales”. La copia mecánica de realidades distintas sería un traspié para el proceso revolucionario. Por eso oía al pueblo, a la vez que sistematizaba sus experiencias más allá de la ortodoxia de los manuales eurocéntricos. En una entrevista razonaba a manera de balance: “Cuando sus esquemas fallaron, cayeron en la desilusión, y tomaron los libros y folletos, en busca de nuevos esquemas, de nuevos patrones. Se olvidan de nuestra realidad y se dejaron penetrar por las tendencias de capitulación y conciliación”.

  Dicen los que lo conocieron de cerca que Chimiro no aceptaba verdades consagradas ni absolutas, buscaba siempre en su réplica aguda puntos de vista realmente originales. “La guerra es la única escuela de la guerra. La revolución es la única y verdadera escuela de los revolucionarios”, decía. La guerra popular y prolongada era parte de su convencimiento: “No estamos en capacidad de calcular cuánto tiempo le costará a la revolución venezolana   alcanzar   la  victoria.  ¡Pero vencerá!”

Reunió muy bien lo político y lo militar, culturizando el argumento ideológico. Era “un hombre línea” por cuanto adaptaba creativamente la orden que emanaba de arriba, con sencillez en el trato, sin formalidades ni etiquetas. Tenía una “lengua brava, como el ají” para la polémica. Dícese que “discutía con ironía y con una risita que picaba como el chirele y daba mucha arrechera.”

Su personalidad irreverente se puede apreciar en la siguiente anécdota, contada por el guerrillero Ángel Rivero, (a) Diego o Catirito. “Estando en el campamento guerrillero se oía por Radio Habana a Carlos Puebla con su “llegó el Comandante y mandó a parar”. Aburrido un combatiente con el repetitivo estilo, refunfuñó exigiendo otra música. El guerrillero que manipulaba el trasmisor lo intentó sepultar exigiéndole respeto: ¡Camarada! ese es el Cantor de la revolución cubana”. A lo que Argimiro le ripostó: “Es verdad, cambia ese fastidio. Ya quisiera estar yo en Sabana Grande con una motocicleta oyendo a Los Beatles.” Esto para el momento histórico que se vivía podría verse como una blasfemia, pero para Gabaldón era la autenticidad de su sentir. Y es que en la hermenéutica de sus discursos se puede apreciar cómo Argimiro respetaba la rebeldía de los jóvenes del momento.

Obsérvese su posición abierta hacia la utopía juvenil: “La cordura, virtud honorable, no debe jamás tratar de sustituir a la locura de la juventud, porque solo conseguirá castrar a los pueblos y producir la infecundidad de la historia. La juventud es “loca”, pero su locura es sublime. Es irreflexiva, afortunadamente irreflexiva, porque si la juventud se pusiera a reflexionar sesudamente, como pueden y deben hacerlo los hombres maduros, entonces estarían bailando el “twist” que es mejor que hacer la revolución.” Para los oídos sacralizantes del momento esta posición, sin lugar a dudas, hubiera sido etiquetada “de derecha”. Pero, ¿cómo mancillar a quien no exigió sacrificio que no estuviera dispuesto a rendir, incluyendo el supremo, el de su propia vida?

Argimiro Gabandón buscaba ganarse hasta al que parecía más enemigo del movimiento, decía que era obligatorio hablar con todo el mundo. Con su carácter jovial hablaba un lenguaje claro y sin titubeos que todos entendían. En su conversación sencilla daba una clase de política que siempre acompañaba con un chiste, manteniendo contentos y regocijados a sus oyentes. Formó 125 comités del FLN en igual número de caseríos, lo que implicaba una influencia en unos 75.000 habitantes. Chimiro, con gran capacidad de convencimiento, argumentaba en pocas palabras el por qué y el para qué de la lucha. Para él, nuestros campesinos eran permeables a la lucha porque “siempre han soñado con una revolución”. Tenía el don de la palabra, sus paisanos lo consideraban “el hijo del rico que comprendía las penalidades de los pobres”.

Era terrible con el enemigo para el momento de la pelea, aún cuando confesaba que “No era un guerrero, y nunca lo había pensado ser, pues amaba la vida tranquila”. Argimiro no deseaba andar con ninguna cachucha militar, añoraba una gorra inglesa para caminar paveando como cualquier muchacho de su tiempo.

Aplicaba la pedagogía a la política con un estilo muy alegre. Nunca se quejaba de la mala vida guerrillera. Le encantaba bailar y en el monte coleccionaba peonías que después regalaba como recuerdos.

Era fiel a la palabra empeñada, su referencia era la palabra del gallero, la de una eticidad que nunca miente. En la Asamblea Legislativa de Barquisimeto, no había contrincante adeco que sostuviera el paso de su oratoria mordaz, incisiva e irónica, y a la vez, colorida y pintoresca, como sus lienzos.

Incansable, de ancho pecho, enseñaba en las marchas a sus cachorros, los Tigres de Miracuay, a dominar el terreno para el combate. Estaba en su mejor edad, cuando afloraban sus canas de “viejo”, como  le decía, la selecta juventud que lo acompañó en sus andanzas guerrilleras. Para su espíritu indómito no importaban nada los años, pues era tan enérgico como su caballo Lucero, que tenía en la Hacienda Santo Cristo.

Siempre hemos deseado que nuestros políticos sean poetas que culturicen la política con nuevos planteamientos y estilos que superen el maquiavelismo pragmático y panfletario de nuestros intermediarios. Ese era Argimiro, el que sintetizó el discurso emancipador con radicalismo y ternura. Se recuerda una oportunidad cómo en el vesperal de la vida cimarrona le leyó con lágrimas en los ojos un poema de su soledad a dos guerrilleros centrales que tristes recordaban su vida urbana. Por su integralidad fue como si hubiéramos tenido al Ché en Venezuela, y parte de nuestra tarea sería colocarlo entre los precursores de la Patria Grande.

Para finales de 1964 ya el PCV hablaba de repliegue y rectificación. La guerrilla ya no se veía como una forma de tomar el poder sino que se utilizaba como mecanismo para presionar la ansiada “paz democrática” En tal sentido, se aminoró notablemente la ayuda a los destacamentos, como forma de menguar la rebeldía. En una Carta de navidad dirigida a los intelectuales del partido, Gabaldón escribía: “Desde lejos, mientras estamos entregando toda nuestra vida, nos golpea el viento de la indiferencia. Creemos ver a lo lejos falta de calor, ahora cuando más que calor necesitamos fuego, cuando más que simpatía precisamos cariño que arrebate, que empuje hacia delante con un vendaval de aliento.” Abandonados a su suerte, para esas navidades, la guerrilla sólo recibió una bolsita con 50 terrones de azúcar que una dulce camarada recogió en 20 lugares diferentes del mundo, que afectivamente abasteció el alma de los combatientes.

Aún cuando la muerte es la concubina de cualquier combatiente, para Argimiro, en su condición enormemente humana, debe haber sido muy doloroso dejar este mundo. Más que la muerte le debe haber dolido morir de bala amiga, morir a destiempo, morir inconcluso, cuando apenas se iniciaba el camino duro del que tanto había hablado y para el cual tanto se había preparado.

Pero los héroes no mueren para la historia. En los pueblos que caminó se encuentra en cada casa la causa de su vida. La eternidad de los héroes del pueblo, sobresale a cada rato en las distintas situaciones de la vida cotidiana. Son un recuerdo que perdura en cada caserío: “Acuérdate de Carache”, “Argimiro decía…” o “Por aquí pasó Chimiro”. En La Palomera, de Humocaro se oyó esta crónica que une la fantasía de la religiosidad con la convicción de que no ha muerto. “Argimiro tenía una ruana que lo protegía por un rezo que le hizo un brujo. Un renegado le llegó cerca y le ordeñó su revolver sin que  Chimiro sufriera un rasguño. Entonces se quitó el poncho y le dijo al traidor: -Te voy a enseñar como se mata a un hombre. Y ahí lo dejó”.

A 48 años de su muerte es necesario hacer precisiones históricas, pues se han desdibujado hechos que han oscurecido las circunstancias que le quebraron la vida. La intersubjetividad, por el héroe, crea suspicacias comprensibles por el entorno de afecto que rodea al ser querido. En este caso, citamos las versiones de tres personajes referenciales del momento histórico: José Díaz, Tirso Pinto y Carlos Betancourt.

El Comandante Gavilán, José Díaz, rememorando esta muerte, increíble por absurda, nos contó cómo se resbaló el fusil M2 -y eso lo vio todo el mundo- para caer sobre una saliente rama que penetrando al guardamonte del gatillo disparó, justo cuando Argimiro se levantaba a repartir unos caramelos a los combatientes. Nos narraba que Jesús Vethencourt (“Chuchú” o Comandante Zapata), causante de la tragedia, al írsele el disparo “desesperado, decía mil cosas, e intentó suicidarse y tuvo que ser sometido a la fuerza”. El fatal episodio lo marcó, desequilibrando su psiquis para siempre. Posteriormente, Carlos Betancourt, Comandante Gerónimo, nos lo ratifico en Sanare de 2012: “Fue accidental, yo presidí el juicio que se le hizo a Zapata.” Los fusiles de los participantes a la reunión habían sido chequeados por la escuadra de seguridad para constatar que no había balas, pero Chucho Vethencourt llegó tarde al encuentro y no fue revisado. Zapata, le había quitado la caserina al fusil pero no se percató que había un proyectil en la recámara, pues había prestado su arma para una guardia y recién la recuperaba. Serán cosas de la mala suerte o groserías de la vida, pero esta es la versión que, con pocas alteraciones, se ha recogido de ese aciago episodio.

El infortunio ocurrió en las afueras del caserío El Hato, del estado Lara. Argimiro sabiéndose mortalmente herido, pidió que lo afeitaran para ser bajado a El Tocuyo. Con entereza mantuvo su capacidad de mando. Se despidió de sus más allegados con breves consejos y como un gesto final, donde afloró su grandeza humana, extrajo de su morral unos chocolates, tesoro de una guerrilla, y los repartió entre sus hombres.

Para el momento de su muerte, Argimiro era una figura emblemática encarnada en los campesinos de Lara y Portuguesa. Ella estaba asociada, como continuación histórica, no sólo a la lucha antigomecista de su padre, en esos mismos parajes, sino que se remontaba aún más allá, abarcando las guerras de Independencia y Federal, que mantenían ese espíritu levantadizo y cimarrón trasmitido por vía oral entre generaciones, simbolizando al ídolo extraviado en lo por hacer. Quizás Argimiro fue el último exponente donde el imaginario popular buscó encontrar al héroe total, imaginado entre las etapas procesuales no resueltas, que han mantenido las expectativas de este saldo histórico acumulado.

EL FRENTE JOSÉ ANTONIO PÁEZ

Un día llega Juan Vicente Cabeza, el Comandante Pablo. Mi amigo de la Facultad de Ingeniería de la UCV. Viene preguntando por Carache. Ha entrado a la zona por el sur, por el camino de Acarigua. Tiene el plan de estar con nosotros un tiempo para formar un destacamento para continuar la lucha en El Charal, en el Estado Portuguesa, donde estuvo el año anterior.
Pablo tiene urgencia de ver al comandante Carache. Como no hay fecha fija para su regreso, decidimos ir a buscarlo siguiendo el sendero por donde salió con el destacamento. No conozco la ruta, pero le digo que podemos seguir el rastro hasta dar con ellos. Partimos al día siguiente en pleno aguacero.
Seguimos el rastro, que todavía se nota entre la vegetación de la montaña. Al anochecer llegamos a un campamento, pero está solo. Estuvieron allí hasta hace poco. Todo está muy mojado. Queremos hacer fuego para secar la ropa. Solo tenemos unos fósforos que no prenden. Tampoco logramos revivir las cenizas que quedaron en el sitio aún caliente, donde estuvieron cocinando. Estamos muy cansados. Me quito la ropa mojada. Mi otra muda también está muy mojada. Me envuelvo en el plástico que cargo y me acuesto en la troja del campamento. Paso la noche con mucho frío y sin pegar un ojo.
Al amanecer me levanto y me pongo la ropa mojada del día anterior. Continuamos siguiendo el rastro, hasta en la tarde, cuando oímos voces. De pronto vemos delante un campamento donde está nuestra gente. Es el campamento “El Mojao”. Es obvio de donde salió ese nombre. De lejos gritamos identificándonos para que no se sorprendan ni nos confundan con el enemigo.
Nos acercamos al campamento. Carache se contenta mucho de ver a Pablo. No lo ve desde el año anterior cuando lo llevó a El Charal y le presentó a los campesinos para fundar el Frente José Antonio Páez, precisamente en una zona muy cercana al propio teatro de la “gabaldonera”. Biscucuy, La Concepción, Palo Alzao.
Al principio cree que Pablo viene para quedarse. Pero el plan es otro. Pablo espera formar un destacamento para operar hacia Portuguesa y Trujillo en conexión con nosotros. Tiene el apoyo logístico del Partido de Portuguesa, que le mandará gente y recursos.
A los pocos días llega un grupo en busca de Pablo. El baquiano es Hernán Abreu, mi compañero de prisión en la Digepol. Ahora se llama “Patricio”. Nos alegramos mucho de vernos. Cuando salí de la Digepol quedó preso por varios meses más. Vienen también Ramón Carrasquel “Iván” y Ramiro Pereira Pizani “Alberto”, éste último es un combatiente de las FALN de Caracas, asesinado por la Digepol tiempo después. Alberto está casado con Elsa, hermana de Hector odriguez Armas “car’e loco”, uno de mis compañeros de Ingeniería, famoso por su arrojo y su valentía. Nos hacemos muy amigos.
Pablo está siempre muy inquieto. Carache intenta controlarlo para que no baje al caserío. La única manera de que se quede tranquilo es ponerlo con Alberto, Patricio e Iván a explorar los alrededores. Con una brújula mide rumbos por todas partes.
Mientras Pablo forma su destacamento mantiene su gente oculta. No la deja salir de la montaña. Todos los días hacen ejercicio y recorren las picas alrededor del campamento, pero no bajan a los caseríos cercanos, Naranjal y Los Palmares, donde está uno de nuestros mejores amigos de la zona, Pompeyo Escalona, un campesino muy expresivo que acompaña a Carache en sus visitas.
A los pocos días llega otro grupo de refuerzo para Pablo. Vienen bajo el mando de Evaristo Ramírez “El Báquiro” y Jaime Arenas, los jefes del Partido en Portuguesa. Traen dinero y gente. Entre ellos están tres muchachos muy jóvenes, Miguel Ángel Ocampo “Mauricio”, “Trioly” de origen andino y “Nené” caraqueño. Vienen tres mujeres, Leticia, Marta y María Fernández “Liviaa”. Esta última, hija de Chelao Fernández y hermana de Freddy, uno de los guerrilleros.
Pablo debe esperar un tercer grupo. Entre tanto organiza el destacamento. Forma dos escuadras, una bajo el mando de Alberto y la otra bajo el mando de Iván.
Se discute mucho. Carache expone su concepción de la guerra del pueblo. Hay que ganarse, poco a poco, la simpatía y confianza de las masas. No es cuestión de pocos meses lo que estamos haciendo. Ni de esperar un alzamiento militar. Para construir un ejército de masas, teníamos que transformarnos nosotros mismos comenzando por adaptarnos a las necesidades del medio.
Hay que hacer un largo trabajo entre la población y extenderse para ocupar un amplio territorio. Buscar el enfrentamiento a toda costa trae como consecuencia la represión, especialmente contra los campesinos. Ya habrá tiempo para pelear.
Obviamente los venidos de la ciudad creíamos que todo iba a ser fácil. Rápido. Estábamos imbuidos de la concepción cortoplacista que en ese momento dominaba a la mayoría de la izquierda venezolana.
Pablo trata de convencerme para que me vaya con él. Quiere tener cuadros para el ejército revolucionario. Me cuenta que tiene en Barquisimeto un lote de 2.000 uniformes militares para el momento de bajar a las ciudades. Me parece un plan muy trivial. Es parte de una concepción de la guerra que no tiene nada que ver con conciencia de las masas populares. Le argumento que tengo un compromiso con Carache que no puedo defraudar. En realidad su enfoque de la guerra es muy distinto al nuestro. No cree en el trabajo largo. Contradictoriamente es partidario de salir a buscar el combate. Cuanto antes mejor. Quedo más convencido de la estrategia de Carache.
Algunos se deprimen por la inactividad y la vida en la oscuridad de la selva. Especialmente la gente de Pablo, pues no salen ni siquiera a los caseríos vecinos. Un día Alberto está de muy mal humor. Protesta por todo. Lo invito a dar una vuelta hasta un pico en un claro de montaña desde donde se aprecia toda la inmensidad verde del llano. A lo lejos se ve la carretera Acarigua-Guanare con los carritos avanzando lentamente. El cambio y el sol le devuelven el entusiasmo.
Días después llega un tercer grupo de refuerzos para Pablo, quién ahora decide que es el momento de partir para su zona. Algunos de los nuestros deben irse con él para no perder el contacto. Entre los que parten están Freddy, Alí Almeida “Bartolo” y Marcial. María se queda con nosotros. Carache la manda para el Destacamento Tigres de Miracuy.
Bartolo se ha incorporado recientemente. Carache lo manda a buscar. Se despide de Cristina, su novia, para vivir una experiencia muy azarosa, con mucho contacto con el enemigo, que termina en la cárcel, donde pasa preso tres años. Freddy y Marcial regresan meses después. En un encuentro con el enemigo se pierden y se quedan solos. Deciden regresarse a nuestra zona y se incorporan de nuevo al Frente.
Para darle ánimo a su gente Pablo les ha ofrecido que van a conocer el combate muy pronto. Van a dejar “el reposo”, en contraste con los que nos quedamos. Nos llaman “los comechícharos”. “Chícharos” llaman los campesinos a las arvejas, que se cultivan mucho en esta zona y por esos días son nuestro alimento diario.
La despedida es muy emocionante. Los meses pasados juntos han estrechado los afectos entre todos. Parten con ellos González con Espartaco y su escuadra. Los acompañarán hasta El Coco, un caserío en el río Portuguesa. De regreso se quedarán en Marilonza, su zona de operaciones.

lunes, 8 de julio de 2013

NARRACIONES DE PARISCA...

II PARTE

ESTACAMIENTO


Salimos muy poco del campamento. La linea es no hacer pública la concentración. Solo sale al caserío Pedro con los guerrilleros de la zona. Carache sale algunas noches de visita a las familias más allegadas. En Cerro Blanco, el caserío más cercano, vive Marcelo Vázquez, un dirigente del Partido que hace trabajo político entre las familias de la zona. Vive con una campesina con quién tuvo un hijo.
Muy cerca de Marcelo viven Rafael Camacho y su mujer Lucila Villegas “Chela”. Su hija de 16 años, Cristina, es muy amiga nuestra. Su novio Alí Almeida pronto se hace guerrillero. Las Camacho son cinco hermanas todas muy bellas. Pronto me doy cuenta de la conmoción que causan entre nuestros compañeros.
Las familias de Cerro Blanco, forman la base de apoyo local y se reúnen con Marcelo en lo que después será un Comité del FLN. Los Rivero, Rosa y Dionisio “Micho”, hermano de Rafael Miracuy, quien se incorpora pronto con el seudónimo “Pacífico”. Los Liscano. Los Villegas, Luis y sus hijos. Todos nos ayudan a meter la comida a través de las bodegas del caserío. Latas de sardina. De avena. Harina. Caraotas.
Llueve mucho, y hace bastante frío. Ello no me ayuda a restablecerme de salud completamente. Toso mucho, especialmente de noche.
En el campamento se lleva a cabo a una fuerte discusión política. El Comando, formado por Carache, Horacio y Máximo, se reúne en privado. Máximo informa que ha sido designado por el Partido Comunista Comandante del Frente. Carache no lo acepta.
Máximo me llama aparte y me pone al tanto de la discusión. Busca mi apoyo. Le digo que hice un compromiso con Carache y que creo que es el Comandante lógico del Frente. Se disgusta mucho. Lo comento con mis compañeros. Especialmente con los caraqueños, quienes rechazan la idea de cambiar al Comandante. Calandro expresa incluso que está dispuesto a resolver la discusión por las armas. Típica bravuconería citadina, pero que refleja lo duro de la situación.
Máximo ha presentado su caso con mucha torpeza. No se da cuenta de que solamente con el aval del Partido no puede desplazar a Carache del liderazgo que se ha ganado a título propio, con su trabajo político y su personalidad. Además no lo ayuda nada el incidente que tuvo días atrás, a su llegada, cuando tontamente se dejó robar el dinero.
El Comando convoca una asamblea de combatientes. Máximo explica la situación. Hace una exposición muy limitada, se presenta como representante de Teodoro Petkoff, a quién reemplazará en el mando mientras éste se incorpora a la guerrilla. Su planteamiento es puramente burocrático. No es un hombre de ideas complicadas, ni tiene una concepción política sobre la situación ni sobre la guerra.
Carache interviene y narra como viene trabajando por la lucha armada en el Partido y en toda la región desde hace mucho tiempo. Él ha sido el impulsor de todo un esfuerzo por la creación del Frente desde la caída de Pérez Jiménez, y de antes, desde que se inició como militante del Partido en El Tocuyo. Dice que si el cambio en la Comandancia del Frente es una decisión del Partido, la acepta pero que se separará. No está dispuesto a ponerse bajo el mando de Máximo. Horacio explica que está con Carache, quién es el jefe natural del Frente. Lamenta las discrepancias, las cuales no son solo de aquí. Las mismas se originan en Caracas, en la Dirección.
Se decide votar. La decisión por Carache es unánime. Máximo dice que la acepta pero que tiene que regresar a Caracas a reunirse con la Dirección Nacional. Sale al día siguiente. Sabemos que no regresará. Horacio se va con él. Dice que necesita ir a reforzar la posición de Carache ante la Dirección y que volverá en un tiempo corto. Tampoco regresa.Yo sigo con mi tos.
Después de la salida de Máximo, Carache continúa dando pasos para crear la semilla de la organización militar. Expone que por el momento somos un destacamento con tres escuadras. Él, con grado de Comandante, es el jefe del destacamento. Se formarán nuevas escuadras a medida que crezca el Frente. Los jefes de las escuadras tendrán el grado de Teniente.
Expone que en la etapa presente lo principal es conocer el terreno y ganarse la confianza de la población y que la orientación geográfica del desarrollo es extenderse hacia el oeste. Vamos a marchar en esa dirección creando campamentos en la montaña y saliendo a los caseríos vecinos a captar la confianza de los campesinos.
Organiza las tres escuadras, una operará en la zona donde estamos. La llamamos “Tigres de Miracuy”. El jefe, con grado de Teniente, es Pedro. Con él se quedan Luzbel, Villapol y Marcial. Yo seré el jefe de la escuadra de la región vecina hacia el oeste, con centro en el caserío Santo Domingo, llamada Roque Lucena, en honor a un dirigente campesino asesinado por la Digepol. Voy a ser además jefe de Logística del Frente. Me da el grado de Capitán. Mi segundo al mando será Elías, Teniente. También estarán José Luis y Castaño, quién se irá con nosotros como baquiano.
La tercera escuadra, bajo el mando del Comandante González, se llamará Rufino Mendoza, operará más al oeste, en la zona de Marilonza de Lara, una montaña muy alta situada entre los ríos Morador y Portuguesa, al sur de Villanueva. “Tigres de Marilonza” bautizamos a este grupo a los pocos días.
El segundo de González será Espartaco, también como Teniente. Con ellos estarán Calandro, Alarcón y un estudiante de medicina de la Central, llegado en los últimos días, Omar Jiménez Carrillo “Velazco”, “el médico”.
Antes de salir llegan otros dos nuevos: Pavel y Tamakún. Son del MIR, vienen de la PTJ, de donde salen para venirse a las guerrillas. Pavel es asignado a la escuadra Rufino Mendoza “Tigres de Marilonza” y Tamakún a los “Tigres de Miracuy”. Carache forma además una escuadra como escolta de la Comandancia, con Rafael, el mejor baquiano del frente quien goza de toda su confianza y El Paisa, igualmente con grado de Teniente.
El destacamento completo se pondrá en marcha hacia el oeste al siguiente día. Yo me quedo atrás, en reposo hasta que mejore mi tos.
Al día siguiente salen. Me quedo solo. Dos veces al día sube alguien del caserío y me trae arepas, sardinas o caraotas que como con gusto, aunque la receta local es la caraota cocida con un punto de sal como único condimento. Algunas veces trae noticias. Siempre informa que la Digepol se mueve en la zona preguntando por nosotros.